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Archive for the ‘Economía’ Category

Un ensayo de la filósofa Martha Nussbaum y expertos españoles alertan del peligroso arrinconamiento de las humanidades en favor de una educación mercantilista.

JESÚS MIGUEL MARCOS Madrid 28/11/2010  En Público.es

Seguro que recuerdan aquel chiste de un ingeniero, un físico y un informático que se quedan tirados en una autopista. Los dos primeros se enzarzan en una discusión sobre si hay que revisar la correa de distribución o la temperatura del radiador. El informático, mirándoles con cierta incredulidad, concluye con esta pregunta: ¿Y si salimos y volvemos a entrar? Da risa, pero es probable que su sugerencia sea incluso más práctica que la que hubiera ofrecido un filósofo. Por ejemplo: ¿Qué premisas podemos establecer para construir argumentos válidos que nos encaminen a una solución a nuestro problema en la autopista?

“¿Cómo se nos ha ocurrido meter a este en el coche?”, dirían los otros tres, pensando con razón que las elucubraciones del filósofo podían abrir sus mentes, pero de ningún modo iban a arrancar el vehículo.

Que un chiste cuente que lo que no tiene un valor práctico inmediato no tiene valor nos hace reír, pero cuando se hace realidad se puede transformar en la peor broma macabra. Desde hace algunos años, existe la tendencia en los sistemas educativos de todo el mundo de arrinconar las humanidades (Filosofía, Filología, Historia…) en favor de los estudios con una proyección mercantilista.

“Los ciudadanos serán máquinas utilitarias”, adivierte Nussbaum

El reciente Plan Bolonia o la reducción de la carga horaria de Filosofía en la Educación Secundaria son sólo dos ejemplos de un fenómeno que ha sido contestado con ruidosas protestas desde la comunidad académica. “Se están produciendo cambios drásticos en aquello que las sociedades democráticas enseñan a sus jóvenes. Sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva la democracia”, escribe la filósofa estadounidense Martha C. Nussbaum en Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, Ed. Katz.

Nussbaum, prestigiosa profesora en Harvard y una de las cien intelectuales más relevantes de 2010 según la revista Foreign Policy, ha escrito un libro en el que alerta del peligro de que aparezcan “generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales capaces de pensar por sí mismos”.

CIUDADANO ROBOT
No pienso, no protesto

En el año 2001, la compañía de energía Enron entró en bancarrota después de que sus dueños protagonizaran uno de los fraudes empresariales más espectaculares de la historia. Muchos trabajadores sabían lo que estaba pasando, pero ninguno alzó la voz. “La autoridad y la presión de los pares hacían que la gente no protestara, incluso cuando las cosas se pusieron realmente feas. Necesitamos producir gente que se sienta impulsada a ser crítica, tanto para lograr un futuro saludable en la cultura de empresa como, por supuesto, para la política”, responde a Público Nussbaum.

El ciudadano adquiere las herramientas para desempeñar un trabajo, aprende conocimientos de aplicación inmediata y claramente dirigidos a promover el desarrollo económico, pero se deja a un lado la formación de su capacidad intelectual, de pensamiento crítico y de reflexión. “Se están cambiando las premisas de la educación: de un sistema donde se primaba la formación intelectual se está pasando a una enseñanza utilitaria. Estamos viviendo un proceso de conversión de las universidades en un modelo muy impreciso de escuelas laborales”, razona el decano de Filología de la UNED, Antonio Moreno.

CIUDADANO ÚTIL
Produzco, luego existo

Existe un abandono de aquellos conocimientos que no tengan una aplicación mercantil directa. Ahora prima la empleabilidad. No se forma a la persona de forma integral, sino que se persigue una educación que la convierta en sujeto de rendimiento inmediato en el ámbito económico. El ser humano como una pieza más del engranaje de un sistema productivo que requiere de ciudadanos fácilmente intercambiables que no se planteen otros posibles escenarios.

Para Ángeles J. Perona, profesora de Filosofía de la Complutense de Madrid, “esto conduce al adocenamiento del individuo, cierra su vida, su horizonte, e incluso limita mucho los criterios sobre su propia valía. Si haces algo que no tiene rendimiento mercantil, eres una persona excéntrica o un vago. Y hoy en día el criterio para juzgar es sólo ese”.

CIUDADANO NEOLIBERAL
El mundo, un mercado

“Se está cambiando el modelo educativo de forma opaca”, dice Antonio Moreno.

El arrinconamiento de las humanidades está directamente relacionado con una concepción neoliberal de la educación: se forma a los individuos en función de las necesidades económicas de un país. “Las universidades pierden una de sus funciones fundamentales, fomentar la conciencia crítica respecto al status quo. Se propicia la integración económica, pero vamos a crear ciudadanos que no cuestionan el modelo económico y social porque no tienen herramientas para hacerlo”, afirma la escritora Marta Sanz.

La universidad y la Educación Secundaria Obligatoria cada vez ofrecen programas más acordes con las necesidades de las empresas. Carlos Fernández Liria, profesor de Filosofía de la Complutense, lo ilustra con un ejemplo: “En una ocasión, un economista vino a dar una charla a la facultad para decir que las empresas necesitaban las humanidades, que los ejecutivos tuvieran cultura general, porque no podían ir a hacer una entrevista a Japón y no saber que hay que descalzarse para entrar en una casa. Eso van a ser las humanidades.

CIUDADANO INFANTIL
Me quejo, no actúo

Estas tendencias aparecen, precisamente, en lo que se ha llamado la sociedad del conocimiento, un mundo interconectado donde los individuos tienen acceso a un volumen de información inimaginable. Sin embargo, conocer no es sólo saber cifras y datos, sino analizar los contenidos que la persona recibe y devolver algo nuevo y distinto a la sociedad.
“Se está instalando el fenómeno del infantilismo, donde el individuo se cree que tiene acceso a todo, sin trabas, lo que es algo falaz. Cuando no lo consigue aparece el victimismo: la sensación de que se nos debe todo y nos quejamos de forma permanente. En lugar de asumir el papel de sujeto que actúa, somos pasivos, víctimas de un conjunto de factores que sencillamente nos impiden ser niños otra vez”, explica Antonio Moreno.

CIUDADANO INMEDIATO
Logros a golpe de ‘click’

Las nuevas consignas educativas también quieren controlar el tiempo. “Ahora nos piden cronogramas de los programas: el tema 1 en dos semanas, el tema 2 en una semana… Eso impide que yo pueda cambiar el ritmo de mis clases en función de las preguntas de mis alumnos. El tiempo se mecaniza, se instala una sensación de seguimiento de las personas con la excusa de que te preocupas, cuando en realidad lo que haces es ahogarles”, indica Ángeles J. Perona.

Se impone la idea de inmediatez, aumentada por las infinitas posibilidades que ofrece una tecnología cuyo poder no parece tener límites. Para Antonio Moreno, “el deslumbramiento de la tecnología, que aparentemente nos suministra un acceso a toda la información, crea una ficción de interpretación de la realidad y no contempla los intangibles del conocimiento. No son datos, son operaciones que tiene que realizar el sujeto. Y al sujeto hay que ilustrarlo, porque si lo toma de la red son opiniones prestadas, no un análisis propio”.

CIUDADANO AISLADO
El otro no existe

Martha Nussbaum cree que una educación errónea es una de las causas que conducen a sistemas como el totalitarismo. Considera vital que se instruya a las personas desde muy pequeñas en la comprensión y experiencia de los otros. “La incapacidad para entender a los otros como seres humanos plenos fue una parte prominente del nazismo. El psicólogo Robert Jay Lifton hablaba del fenómeno de la disociación: los alemanes de la época eran capaces de tratar con gran humanidad a su familia y a continuación tratar a los judíos como meros objetos”, explica Nussbaum.

“Esto conduce al adocenamiento del individuo”, según Ángeles J. Perona

Los problemas de la actualidad, descontextualizados, aislan al ciudadano, que sin los conocimientos de fondo que aportan las humanidades se vuelve más vulnerable. “Se cercena su curiosidad y se le priva de muchos placeres, como es el disfrute de la cultura. Esta educación tan enfocada a satisfacer las necesidades del mercado incluso atenta contra la posibilidad de ser felices y de ser buenos. Moralmente buenos. Ser mejores personas: más solidarios, más consecuentes, más generosos…”, sostiene Marta Sanz.

CIUDADANO INDEFENSO
Soy lo que quieren que sea

Las posibilidades para el individuo se reducen a una sola variable: el valor de su producción en el mercado. “Se nos impone una noción de producción muy mercantil, muy capitalista. ¿Porque qué se entiende por producción? Un libro de poesía es una producción, algo nuevo y valioso, pero claro, su rentabilidad económica no es tan valiosa”, explica Ángeles J. Perona.

Carlos Fernández Liria cree que “el totalitarismo neocon, que es el que ha impulsado este tipo de educación, va a imponer en la cabeza de la gente que nada que no tiene valor en el mercado tenga valor en sí mismo”. Las personas, por lo tanto, tendrán valor cuando el mercado lo decida.

Bolonia, una amenaza para las humanidades

Mercantilismo
Criterios de rentabilidad
El Plan Bolonia que se está implantando en las universidades de Europa “es perjudicial para las humanidades. Los debates para fijar qué grados se iban a aceptar se basaban en criterios mercantiles. Han estado a punto de desaparecer determinadas filologías por poca matrícula”, dice Ángeles J. Perona.

Competencias
Del ‘saber’ al ‘saber hacer’
Según el decano de Filología de la UNED, “se sustituye el aprendizaje de contenidos por las competencias, que es un saber hacer. Los contenidos los incorporas para desarrollar destrezas muy concretas en un ámbito muy determinado. Las ciencias puras tienen una situación muy difícil”.

Interés empresarial
Estudiar lo que produce
“Pervivirán las asignaturas que tengan interés empresarial. Se ve en el ámbito de los medicamentos: las investigaciones no van por la verdad ni el interés general de la humanidad, sino por lo que dicte el mercado”, asegura Carlos Fernández Liria.

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Un caso reciente: mujer de 35 años, dos hijos e hipoteca. Va ser despedida. ¿Por qué? Porque mandan su trabajo a Ecuador y Argentina. ¿Por qué ella? Porque ha faltado al trabajo en los últimos años por bajas maternales: no es “productiva”… laboralmente, claro.

El caso es que la empresa es una subcontrata de otra empresa que es, a su vez, subcontratada por diferentes bancos. Ahora, a por la tercera subcontratación (ésto parece “la parte contratante…” de los hemanos Marx), pero allá en latinoamérica.  ¿Cuánto pagará el banco por cada trabajador contratado? Quizá menos de lo que pagaría por un trabajador propio, pero ahorrándose el “mantenimiento” y el despido. Ganan los intermediarios, que comercian con los recursos humanos (qué fea palabra, por dios).

El trabajo lo están empezando a llevar a cabo unas chiquillas que apenas controlan los programas por unos trescientos y pico euros al mes, y tan felices. Ésto de que no controlan los programas es real, y puede que cualquiera que cambie su cuenta bancaria se encuentre con que le corten la luz o el teléfono debido a un error que se produjo nadie sabe dónde. ¿A quién reclamar? Eso no importa. Al menos no le importa a la empresa que deslocaliza, baja salarios y sigue ganando.

Lo curioso, y sorprendente, es que esta mujer cobrará ahora lo mismo con el paro que con el trabajo durante dos años. ¿Que sólo son dos años? Vale, ojalá  pudieran decir muchos lo mismo que firman nuevos contratos. Así hay algunos que reclaman acabar paulatinamente con la prestación de desempleo o reducir las cantidades. Quizá hubiera, mejor, que revisar los salarios y eliminar tanto “intermediario”. Ahora comprará coche de segunda mano, no cambiará de piso aunque estén apretados ni tendrán otro hijo, quedándose en esos dos que, como sabemos, representan “crecimiento cero” de la población, los pobrecicos. Así es la vida y así parece que la queremos.

Aún algún imbécil dice que la receta es “trabajar más por menos”, pero ya sabemos que en este país -y, por desgracia, en muchos otros- cualquier cretino sin apenas saber escribir puede ser alcalde, presidente de la CEOE o ministro. Como decía el Conde de Romanones: Joder, qué tropa.

Vale. Pero que ésto ocurriría es algo que todos sabíamos. Que levante la mano el que no escuchara hablar de la “burbuja inmobiliaria” y demás. Aquí el que más y el que menos ha cometido pecado de acción o de omisión. Todos sabíamos que el alcalde ganaba demasiado y que los precios alcanzaban cifras ridículas, absurdas. Ya advirtieron algunos, como el economista inglés John Gray, que incluso advertía que si la cosa era así era porque la población lo admitía… y lo valoraba. Todos queríamos el pelotazo. Pues aquí está, en toda la boca.

Mención especial merece el sociólogo norteamericano Richard Sennett, cuyo libro La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, hacía un análisis del deterioro de la vida personal, del proyecto de vida de cada uno, debido a este sistema económico donde lo personal y el mérito ya no pintan nada. Lo curioso es que comience hablando del carácter en el sentido de Aristóteles, en tanto que experiencia de toda una vida en la que cada cual busca la felicidad sacando lo mejor de sí mismo y, por tanto y según Aristóteles, para los demás. Un sistema el nuestro que parece empecinado en impedir la felicidad de todo aquel que está en él. Y es inevitable, es su naturaleza, el trabajar con “recursos humanos”: esto es, sin dignidad alguna, en el sentido kantiano.

Ya decía Aristóteles que un Estado debía procurar la felicidad de sus habitantes mediante la aplicación de la justicia: dando una igualdad de oportunidades y punto de partida y, después, a cada cual según sus méritos, sobre todo hacia el bien de la comunidad. En el caso de  la democracia, si ésto no se cumplía, el espectro de la tiranía rondaría cerca. Y ésto hace 2500 años. Si hoy hay una tiranía, es de una nueva naturaleza, inmaterial y tan fuerte: el mercado absoluto.

Bueno, pues si alguien plasmó por escrito la naturaleza de esta estafa y la debacle que vendría, ése fue Pérez-Reverte ¡hace doce años! Merece la pena leerlo, pues parece escrito ayer. Chapeau, señor Arturo:

Los Amos del Mundo , de Arturo Pérez-Reverte
(‘El Semanal’ el 15 -11- 1998).

“Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos.

Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.
Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street , y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden.

No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.

Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia.

Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.

Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad.

Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.

Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros.

Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.

Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza”.

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Banksy enseña la “realidad” de ‘Los Simpsons’ por dentro

El artista británico fue invitado a realizar los títulos de crédito, pero aprovechó la ocasión para denunciar que parte de la animación está externalizada a Corea del Sur.  (Fuente: La Vanguardia).

Invitar a participar en una mítica serie de televisión como Los Simpson a un artista comprometido como el británico Banksy, que ha llenado de grafitis la mayoría de ciudades europeas, e incluso “el muro de la vergüenza” de Palestina, es un riesgo que puede traer consecuencias.

Banksy, que ya ha pasado a la historia del arte por su capacidad para combinar una estética urbana con la crítica social más punzante, no se cortó ni un pelo. Aceptó la invitación, realizó una secuencia de más de un minuto y medio, pero quiso aprovechar la oportunidad para enseñar la oscura fábrica surcoreana donde, supuestamente, trabajadores explotados fabrican productos de merchandising con la cara de Bart Simpson.

La BBC ha explicado que el artista, quien vive en un absoluto anonimato que sólo ha hecho que aumentar el mito sobre su figura, se ha quejado porque la secuencia provocó enfrentamientos en torno a las normas de difusión e, incluso, una amenaza de huelga por parte de los trabajadores de la serie.

El capítulo, titulado “Bart Money“, fue emitido el domingo en Estados Unidos. Se trata de la primera vez que un artista es invitado a realizar parte de la serie y, en cuanto a difusión, ha sido un éxito. Pero también es verdad que ahora se conoce mucho más, y mucho mejor, dónde se realizan ciertas producciones.

Hay que señalar que hoy, 11 de octubre, la Twentieth Century Fox ha retirado -censurado- el vídeo, aunque se emitiera en directo ayer. Menos mal que hay gente buena, y he aquí la grabación (mala) que ha colgado alguien:

Merece la pena ver también el siguiente vídeo en el que aparecen sus mejores “obras”:

Imágenes en Google.

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Ayer en la calle vi algo que llamaba la atención: un chico , que no llegaba a los 30, bien vestido, sostenía una pizarra de esas de plástico que se limpian con la mano. Ahí tenía escrito algo así: “Ingeniero técnico de obras públicas. 6 años de experiencia en construcción. En paro. Busco trabajo, de lo que sea”.

Todo el que pasaba leía y se quedaba en silencio. Luego murmuraba. Impresionaba más verle que a un mendigo. ¿Por qué? Porque no estamos acostumbrados. ¿Aparentaba haber perdido la dignidad? No lo creo, aunque eso pareciera. Que estaba desesperado es evidente, y seguro que ha probado ya todas las vías. El caso es que el chaval éste, digamos, es un “signo de los tiempos”.

Todo ésto para comentar el ensayo de Richard Sennet, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Es una joya. Desde una visión completamente fría, sin meter apenas opinión, va analizando cómo el actual mundo laboral, gobernado por el neoliberalismo, va impidiendo la formación del carácter.

El carácter en el sentido aristotélico, como proyecto de vida y forma de ser que se va haciendo a lo largo de la vida a partir de nuestra propia biografía y de las opciones que hayamos elegido. Somos lo que decidimos ser, a lo que nos pasa podemos dar respuesta -dentro de unos límites, claro-, y construir nuestra vida. Según Aristóteles esta era la forma de buscar la felicidad, siendo tarea de uno mismo. Por ello añadía en Política las nociones de justicia retributiva y distributiva, que vienen a ser: a cada cual según su mérito, pero partiendo de unas mismas condiciones. Es la única forma de que los mejores consigan los mejores puestos sociales y redunde, así, en el bien de todos. La sociedad había de estar organizada de tal forma que todo ciudadano pudiera ser feliz a partir de sí mismo, dando lo mejor de sí. (Y ésto no era un discurso buenista, al estilo de los que hoy nos agobian, ya que defendía la necesidad de la guerra para lograr estos objetivos. Curiosamente, a la entrada de la más prestigiosa academia militar de Estados Unidos, West Point, aparece una cita de Aristóteles: “Hacemos la guerra para preservar la paz”).

Pues el ensayo de Sennett, sociólogo norteamericano, trata sobre la imposibilidad de decidir acerca de qué hacer con nuestra vida hoy en día. Ni el mérito ni el esfuerzo. Son conceptos que están quedándose el el olvido. Hoy nuestra vida nos la determina el sistema laboral, que funciona de una manera prácticamente autónoma. Lo que importa es la rentabilidad económica, con lo que el trabajador -sea del espectro que sea: en el libro entrevista tanto a profesionales liberales como a panaderos-, los recursos humanos o material humano, son un factor más dentro de una estructura que no entiende de dignidades o vidas personales. Sencillamente, no lo necesita y, además, son un estorbo.

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Describe cómo el mercado laboral es una especie de red social sin un centro de referencia, que se expande por todas partes, tanto en el plano geográfico como cultural. El trabajador, esto es , cualquier persona, entra directamente en esta red que no se deja comprender pues, además, va adaptándose con el tiempo y las nuevas circunstancias. Y, además, es que ésto tiene que ser así. Pues cualquier tipo de bussines que se haga ha de entrar en este juego o no tiene sentido. Así la vida laboral de cualquiera.

Se justifica a sí misma esta red o estructura con palabras (pues no dejan de ser palabras) como competitividad, flexibilidad, trabajo en equipo… pues lo que prima es adaptarse a los cambios, a la red que va mutando. Es decir, que el sujeto no puede luchar contra esa flexibilidad, la única alternativa es dejar el trabajo. Lo que importa es la red, la estructura, no las personas. Para funcionar necesita personas, pero no una concreta, sino cualquier persona.

Decía Kant que tratar con respeto a alguien significaba tener en cuenta su dignidad, esto es, tratarle como un fin en sí mismo y no como un medio. Si seguimos la descripción que hace Sennett del nuevo mercado laboral vemos que ni dignidad, ni respeto, ni nada. Un recurso humano es un recurso más, el material humano es “reponible”, como los ordenadores. Además, un ordenador no se queda embarazado, lo cual es una ventaja económica.

A quienes más le choca es, sobre todo, a los trabajadores próximos a la jubilación, los que se suelen quedar en el paro, claro. Ellos conocieron otro tipo de relación laboral, la de la empresa de toda la vida, en la que sabían a qué atenerse. Con las limitaciones que ello pudiera tener, claro, pero al menos permitía la formación de ese carácter del que hablábamos más arriba. (Son los nuevos parias, aquellos que ahora en España “queremos” que trabajen hasta los 67, cuando es obvio que acabarán en el paro, aumentando el gasto social). Lo que se consigue es que cada vez estemos menos identificados con la empresa para la que se trabaja y que, curiosamente, son ahora los jóvenes, en estos tiempos de crisis, los que más echan de menos un “trabajo para toda la vida”.  (En España el 46% de los trabajadores “pasa” de su empresa, sólo les interesa el sueldo. Algo, sin embargo, que merma la productividad).

Muy interesante es la serie de entrevistas que hace a un ingeniero aeronáutico. Este hombre se tuvo que mudar tres veces, lo que en Estados Unidos implica moverse miles de kilómetros, con la consiguiente ruptura de lazos personales. Los motivos de los cambios fueron completamente ajenos a él. Por un lado había fusiones, con lo que se trasladaba o perdía el trabajo. O  en las que, directamente, perdía el empleo. Por otro lado, habían vendido su empresa. El pecado: ir demasiado bien, gracias en parte al excelente trabajo de este ingeniero. ¿Merece la pena trabajar tanto y tan bien para recibir semejante premio? Él contestaba que en esa idea se había educado y, en definitiva, esa era la idea de trabajo americana. Menos mal que su mujer le podía seguir, abandonando sus diferente empleos, todos ellos cualificados. Pero, preguntado acerca de si merecía la pena para su propia vida y la de su familia, el hombre termina confesando que realmente empezaba a no saber qué decir a sus hijos. El trabajo duro, la ambición, la fidelidad… ¿para qué? Todo el día trabajando para ir, con sus cambios forzados, rompiendo las relaciones personales de sus hijos y su entorno. Se sentía lejos de ellos y no sabía qué valores inculcarles… por eso trataba que ellos participaran más en la comunidad religiosa de allá adonde fueran, para que al menos tuvieran unos valores.

¿En eso queda todo? ¿Sólo queda ir a la iglesia? La carencia de valores efectivos en el día a día -pues no se necesitan apenas, diga lo que se diga desde la empresa- impulsaba a este honrado y capaz trabajador medio americano a llevar a los chavales a la parroquia. Dos mundos: el del trabajo y el privado. Pero, como el mundo laboral es cada vez más absorbente, sólo queda “subcontratar” la vida privada. La estabilidad en la religión.

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¿Y en el mundo de la empresa? Pues, muerto el cura en este ámbito, nos queda el psicólogo, el “técnico” que ha reparar los recursos humanos, como aquel que arregla los ordenadores. O, mejor, los libros de autoayuda, esos bestsellers de hoy. La empresa se encarga de la formación del trabajador mediante curso de iniciativa personal, de positividad, encuentros entre los trabajadores en lugares supuestamente ajenos al trabajo… todo lo que sea mantener la normalidad, “lo que hay”.

Un mecanismo del nuevo capitalismo que analiza Sennett en el libro es el trabajo en equipo. Esto, que un grupo trabaje conjuntamente en un proyecto y estén obligados a cooperar, es algo que se valora mucho, y lo escuchamos en todas partes. Un grupo bajo la supervisión de un coach, el entrenador del equipo que va a vencer. Un término más sacado del deporte, del tipo adolescente que tanto gusta en Estados Unidos. ¿Qué problema hay en ésto? Según Sennett, el equipo gana o pierde, pero el responsable será siempre el equipo. Siempre se puede dejar a alguien en el banquillo, antes de que caiga el entrenador. Pero, ésto es comprensible, y es normal en el deporte (curiosa la analogía con un juego, pues así se ve). Lo malo, nos dirá, es que precisamente en el seno del grupo se anula a los mejores. Lo que importa, una vez más, es el conjunto, los resultados que dé, no el individuo. A nivel de empresa es lógico, pero en el proceso se pierde a gente de mucha valía y brillante. Incluso -siempre está el factor humano- el coach en cuestión puede orientar la responsabilidad de una derrota a alguien en el que vea un peligro para su puesto, mejor remunerado. Para permanecer en el puesto no hay que destacar demasiado ni ser demasiado original. Lo que hay que hacer es “acoplarse”, ser como todos y “seguir el juego“. Sólo así se es un buen trabajador: no destacar y ser uniforme, de lo contrario puedes tener serios problemas. Y, por supuesto, los problemas que puedas tener personales se quedan en casa, no hay que distorsionar al equipo.

Algo parecido a ésto es el espíritu del nuevo plan de estudios de la universidad en Europa, el famoso Plan Bolonia: pasemos lista, asistencia obligatoria, trabajo en grupo fundamental en la nota,… vamos, que alguien de gran valía puede quedarse atrás, encontrando bastante obstáculos en el caso de quisiera volar solo. Lo que se requieren son profesionales, y todos son iguales. Encaja en el plan y saldrás airoso. Tus circunstancias dan igual, lo que importa es cumplir el plan. (Habría que comentar también que, al final, entre grado y postgrado, las horas lectivas son las mismas que en el antiguo plan, pero el coste económico es un 50% superior. Pero éste sería otro debate).

Es obvio que todo lo dicho no viene en el libro, pero la idea es esa. Lo que más me gusta del libro es la frialdad con la que lo cuenta. Él avisa a Europa de lo que pasa en Estados Unidos, de la erosión de la vida personal, porque es algo que estamos importando y que parece que no podemos parar. Ahora bien, el conocimiento de la cuestión ya es un paso. Como decía Sun Tzu en El arte de la guerra, es necesario conocer al enemigo tanto como a ti mismo si quieres no caer derrotado. (Curioso también que este libro se convirtiera en un bestseller dentro del mundo de la empresa -o de los que querían entrar en ella-, pues, se supone, fomentaba la competitividad entre los trabajadores, todos corriendo tras el éxito, ¿laboral o personal? Pero, ¿quién es el enemigo? Me recuerda también a lo que decía la empresa en la obra de teatro El método Grönholm, de Jordi Galcerán: no buscamos buenas personas que parezcan hijos de puta, sino hijos de puta que parezcan buenas personas).

Esto de que el individuo es prescindible en aras de un fin mayor ya lo hemos visto en otras ocasiones, como en el nazismo, el comunismo, el integrismo… pero ahora la forma que toma esta idea tan hegeliana es en función de un mundo económico absolutamente difuminado, que parece no tener nada que ver con nosotros pero que nos absorbe cada vez más. Es como si el destino estuviera descontrolado o, al menos, no pudiéramos controlar siquiera el nuestro. Y ésto es absolutamente frustante para una persona, no un recurso, pues su esencia es precisamente la libertad, la capacidad de elegir. Pero no hacen falta personas en este entramado de redes. (Recuerdo aquí una conversación con un chaval que está estudiando informática, en la que decía que el futuro -la pasta- estaba en la gente de mentira. Imaginemos un mundo -decía- en el que la mayoría de los trabajos lo hicieran máquinas. Pero, pienso, imagina mejor un mundo en la que la mayoría de los trámites e intercambios se hagan en red desde programas informáticos, desde el puro software. Esta sería la gran aplicación de la Inteligencia Artificial: trabajadores sin problemas, sin horarios y reemplazables).

Volvamos, finalmente, al chaval que estaba con la pizarra en la calle. Imagino los chavales de instituto que estudian o no, pasando por delante… ¿qué pensarán? Quizá si merece la pena estudiar. Lo triste es que, si no estudias, sí que está abocado al desastre tal y como está todo funcionando ahora, salvo excepciones, claro. Pero los datos son los datos, y el paro arrasa en el sector menos formado. Entonces, ¿estudiar para que pueda que no valga gran cosa el esfuerzo y el mérito sea casi inexistente? Vaya panorama. Luego se dirá que si el botellón, que si la falta de valores, que si las leyes educativas… ya, pero su socialización se ha llevado a cabo en el mundo que hemos descrito, en un mundo con escasos valores. Aunque, mejor dicho, se trata de un mundo con pocos valores y demasiados precios. Quizá el chaval de la pizarra está recuperando la dignidad, quizá se respeta lo suficiente para tomar la decisión de salir a la calle y mostrarse buscando trabajo, aunque nadie lo haga así. Quizá se ha cansado de hacer el payaso y de ocultar lo que es una obviedad. Le deseo lo mejor.

(P.D.: curiosa la vuelta que se está produciendo desde la filosofía moral a la ética de Aristóteles. Recuerdo el librito de un inglés, Terry Eagleton, El sentido de la vida, donde toma referencias de Marx, Wittgenstein, Aristóteles y cristianismo, porque es creyente. Al fin y al cabo se pregunta ¿tanto cuesta ayudarnos los unos a los otros? Si nacemos y formamos nuestra vida y la búsqueda de la felicidad en el seno de una sociedad, ¿por qué esa sociedad en ocasiones se esfuerza tanto en hacernos la vida imposible, en no dejarnos desarrollarnos como quisiéramos y pudiéramos? Y, lo peor, es que la sociedad no es un ente abstracto, frío o monstruoso, sino que al final son los otros. Es una labor de personas. Si se piensa así, desde el puro sentido común, no cuesta nada).

Reportajes relacionados (en El País):  Esta generación busca un plan B, Precariedad, fuente de la eterna juventud.

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Tumba de Marx en Londres

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